73 años, borracho y con un arma: una combinación que no debería circular por ningún barrio
El domingo a la noche, barrio Las Breas fue el escenario de algo que, si no terminó mal, fue de pura casualidad.
Un hombre de 73 años manejaba en zigzag una camioneta Peugeot Expert por la intersección de Flor del Aire y la Avenida Homero Coronel Montes. Lo interceptó la Policía, y lo que encontraron adentro del vehículo fue más que suficiente para que la noche terminara en sede judicial.
El test de alcoholemia marcó 1,31 gramos por litro en sangre. Para ponerlo en números claros: más del doble del límite permitido. Con eso solo ya había una causa. Pero además, en el interior de la camioneta había lo que parecía un arma de fuego. El propio conductor, Ernesto Enrique Goviric Morán, lo admitió sin rodeos y la entregó voluntariamente. Criminalística confirmó después que se trataba de un arma de aire comprimido, pero eso no cambia demasiado el cuadro general.
La fiscal de turno, Cecilia Moreno, dispuso el examen médico correspondiente y ordenó que el hombre fuera entregado a un familiar dado su estado. El rodado quedó retenido y se labró el acta por alcoholemia positiva.
Acá hay que decir algo que va más allá del parte policial.
Un conductor con más del doble de alcohol permitido, de noche, haciendo zigzag en un barrio, con un arma arriba aunque sea de aire comprimido, no es un episodio menor ni una anécdota. Es exactamente el tipo de situación que termina con alguien en el hospital o en el cementerio. La edad no es atenuante, y el hecho de que no haya pasado nada más grave fue pura suerte.
Los controles de Seguridad Vial existen para esto. Y cuando funcionan, funcionan bien. Pero el problema de fondo es cultural: hay una parte de nuestra sociedad que todavía no entendió que conducir en ese estado es un riesgo letal para todos los que estamos en la calle.
¿Cuántos hechos más hacen falta para que eso cambie? La pregunta la dejamos abierta.
