Los pibes no fallaron. Los grandes, sí.

El domingo pasado, en la cancha de Veteranos de La Rioja, un partido de fútbol infantil terminó como no debería terminar nunca: con una agresión física a un árbitro, insultos cruzados y adultos que perdieron el control en plena cara de los chicos que supuestamente fueron a alentar.

Un árbitro que estuvo presente —y que prefirió no dar su nombre, lo cual ya dice algo— salió a contar lo que vivió. Y lo que dijo merece ser escuchado con atención, porque no habla solo de ese partido. Habla de algo que se repite semana a semana en las canchas de la región.

“Los chicos en ningún momento agredieron a nadie”, fue la frase que más resonó. Porque mientras los pibes jugaban, eran los padres y algunos entrenadores los que gritaban, presionaban e insultaban al árbitro. Y cuando la situación se desbordó, fueron los propios referís los que tuvieron que calmarlos a ellos. Al revés de como debería ser.

El testimonio pone el dedo en una llaga conocida pero poco atendida: la violencia adulta en el deporte formativo. No es una rareza ni un episodio puntual. Es una cultura instalada que confunde pasión con agresión, y que convierte al fútbol infantil en un campo de batalla donde los únicos que no pelean son, justamente, los que vinieron a jugar.

Los errores arbitrales existen. Siempre existieron. Forman parte del juego, igual que el pasto mojado o el córner mal ejecutado. Ningún fallo de un árbitro en un partido de menores justifica que un adulto levante la mano o abra la boca para insultar. Ninguno.

La pregunta que queda flotando es simple pero incómoda: ¿qué mensaje le estamos dejando a esos chicos que miraban todo desde adentro de la cancha?

Si los referentes adultos son los que se pelean, los que gritan, los que agreden, ¿qué modelo de deporte —y de vida— estamos construyendo?

Mira Chilecito lo dice claro: el problema no está en la cancha. Está en las tribunas. Y ahí, la responsabilidad es de los grandes.